Creatrix

PETRĪ SALĪNAS VOX TIBI DĒBITA [13] (vv. 425 - 493)
(425-431) Prīmordium mundus et quam magnum!
Nihil factum erat: nōn māteria neque numerī nec astra et saecula... Nihil.
Niger nōn erat carbo nec rosa tenera. Nihil nihil erat. Adhūc.
[...]
(436-457) Nostrum erat tempus praeteritum et nōmen nondum habēbat. Ut libitum, sīc nōbis illud nōmināre licēbat: stellam, trochilum, theōrēma, et nōn "tempus praeteritum" modo; venēnum adimere suum poterāmus.
Fodīnās continēntēs mōtōrēs nōbis magnus ventus afflāvit. Cūjusnam fodīnae? Vacuae: ut prōtinus cuprī vel papāverum fierent, prīmum dēsīderium nostrum expectābant.
Urbēs et portūs, adhūc spatiō carēntēs, in mundō natābant. Tē exspectābant dīcentem "Hīc", ad fēriās jaciendās et nāvēs et māchinās.
[...]
(464-469) Verba oculōs intuēbantur tuōs incerta, ut fidēlēs tremulī canēs. Quōrum itinera et opera imperiō tuō signānda jam erant.


PEDRO SALINAS. LA VOZ A TI DEBIDA [13] (vv. 425 - 493)

¡Qué gran víspera el mundo!                           
No había nada hecho.                                        
Ni materia, ni números,                                    
ni astros, ni siglos,... nada.                             
El carbón no era negro                                      
ni la rosa era tierna.                                         
Nada era nada, aún.                                           
¡Qué inocencia creer                                          [
que fue el pasado de otros                                                  
y en otro tiempo, ya
irrevocable, siempre!
No, el pasado era nuestro:                                
no tenía ni nombre.                                            
Podíamos llamarlo
a nuestro gusto: estrella,
colibrí, teorema,
en vez de así, “pasado”;
quitarle su veneno.
Un gran viento soplaba
hacia nosotros minas,
continentes, motores.
¿Minas de qué? Vacías.
Estaban aguardando
nuestro primer deseo,
para ser en seguida
de cobre, de amapolas.
Las ciudades, los puertos
flotaban sobre el mundo,
sin sitio todavía:
esperaban que tú
les dijeses: “Aquí”,
para lanzar los barcos,
las máquinas, las fiestas.
Máquinas impacientes
de sin destino, aún;
porque harían la luz
si tú se lo mandabas,
o las noches de otoño
si las querías tú.
Los verbos, indecisos,
te miraban los ojos
como los perros fieles,
trémulos. Tu mandato
iba a marcarles ya
sus rumbos, sus acciones.
¿Subir? Se estremecía
su energía ignorante.
¿Sería ir hacia arriba
“subir”? ¿E ir hacia dónde
sería “descender”?
Con mensajes a antípodas,
a luceros, tu orden
iba a darles conciencia
súbita de su ser,
de volar o arrastrarse.
El gran mundo vacío,
sin empleo, delante
de ti estaba: su impulso
se lo darías tú.
Y junto a ti, vacante,
Por nacer, anheloso,
Con los ojos cerrados,
Preparado ya el cuerpo
Para el dolor y el beso,
con la sangre en su sitio,
yo, esperando
¡ay, si no me mirabas!
a que tú me quisieses
y me dijeras: “Ya”.

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